"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Aunque era verano, hacía un frío difícil de aguantar con ropa tan ligera. Seco y frío todo alrededor; vía rápida para los perfumes de las plantas, de los lagos y también del humo revoltoso de algunos colectivos. Pero más perfume que todos los perfumes, el de tu boca. El aroma complejo y suave de la piel de tus labios, de tu aliento dulce, de tus frías manos.
Tibio, en cambio, era el amor por aquellos tiempos. De arroyo resucitado, de penas ingrávidas, perpetuas pero lejanas, como la espuma del mar, como la añeja brisa salada, de salto en salto eran los momentos.
Desde la montaña o delineando el lago, por la ruta muda o por el bosque eterno, la parte más atenta del amor era el sentido más sensato del existir del mundo.
Paraíso perdido.