"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
El tipo se sentó sobre el Marshal de veinte, calzó la acústica en la gamba izquierda y apuró un tango conocido.
Gemidos eran las notas entre los chirridos insufribles que suelta el túnel desde Lacroze hasta Tronador.
Pero el tipo digitaba el mástil con una pasión que se hizo merecedora de los aplausos del público subterraneo.
El espacio tan íntimo que se genera entre estación y estación se contaminó de arte, se salpicó de artista. Y pasó lo que siempre pasa, todos apagamos los diskman, cerramos los diarios y escarbamos bolsillos en busca de monedas.
Porque el artista logra llegar hasta los asientos de cada pasajero, vestirlo de croto, calzarle una viola y dejarlo soñar por unos cuatro minutos.