"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Hay un par de ojos detrás de este hilo,
sueltan al abismo el miedo en cristal,
desgarrando penas cautivas del pecho,
borroneando el lienzo a medio pintar.
Hay carbón de sueños,
murmullo de gritos,
un baile de sangres
que empieza a temblar.
Débiles ofrendas,
vueltos de un “te quiero”,
sombras cabizbajas
y este vacuo atril.
Vuelcan al destierro, a una trocha incierta,
un amor sincero que no atinan entender.
Hurgan en suburbios donde los espera
el fin de su cordura: el fin de crecer.
Hay luz en sus ojos,
y que, a voz en cuello,
ruegan “dame aire”,
no quieren seguir
alumbrando calles
-tapiz de adoquines-
donde un nacimiento
empezó a morir.