"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Los granos de arena de aquella playa, desprotegida de las falsas promesas del mar, me sirvieron para enumerar estimativamente la cantidad de besos y caricias que iban impulsados por el silencio oculto en tus palabras. Empezaba el verano y empezaban muchas más estaciones. Había llegado desde lúgubres laberintos hasta aquellos pétalos de sol que llovían sobre nosotros, que calentaban la piel, que la volvían el destino irremisible de la boca, de la lengua y los labios, y los dedos y las manos; convergencia de piel hacia unos genitales vírgenes cómo la primera vez.
Creo que sólo el mar nos vio arrojarle tibios estertores de orgasmo, espuma ardiente para sus olas, febril deleite de cuerpos húmedos para la Luna.
Un suspiro salado del mar se atoró en mi memoria.
Paraíso perdido.