"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
A nadie debiera importarle mucho si llego, si freno o si sigo de largo, si paso o me quedo, si voy caminando, descalzo, contento, dormido o callado. A nadie debiera importarle si en realidad estoy andando.
A nadie debiera importarle mucho si robo poemas, si cambio unos versos por un poco de ron, si escribo cuadernos herido y borracho, si escribo con sangre un asunto menor. A nadie debiera importarle si hablo o si no.
A nadie debiera importarle mucho si digo que nunca seré un buen amigo, ni mejor padre, ni todo un señor; que no pude ser tu marido, que olvidé ser amante, que enfermé de dolor. A nadie debiera importarle si me acuerdo de vos.
A nadie debiera importarle mucho si estoy saturado de tanto trabajo por ser útil en vida, que de muerto seré apología de noches perdidas, tropiezo y caída, de cataclismos sin fe. A nadie debiera importarle si muero por ser.
A nadie debiera, pues, importarle si visto de odio o me desnuda el amor, si quemo oficinas, si ahogo corbatas, si rompo escaleras, si tiro mi cruz.
A nadie debiera importarle un suicida, uno como yo.