Los ángeles de la soledad descollando maliciosas referencias a mi hastío; vuelan en círculo sobre mi literatura rancia, agria como respuestas obsecuentes de una almohada. Son buitres. Humedecen sus labios con mi sangre. Me velan varias veces en la noche, y sólo se van cuando han aprendido un dolor nuevo.
Vienen de a tres. Vienen cuando las diez de la noche está sudando el último minuto, y a veces más temprano en los tiempos de Luna nueva.
Se los ve siempre de buen humor; su felicidad les hace segregar dolores de espinas, que entre lúdicos movimientos dejan caer sobre mi espalda; sobre mis pensamientos.
Los odio. Los quiero ver muertos. (O al menos, dormidos). Quiero arrancarme los oídos para no tener que soportar el sumbido lacio de sus alas, que suena como el preludio de esta sinfonía; cadáveres sonriendo en Mi menor. Cadáveres escupiendo mis sonrisas (en La mayor).
Ahora mismo están aquí. Puedo oir sus risitas repugnantes. Puedo ver cómo confabulan mientras me observan de reojo, y se les nota la tensión en sus panzas. Quieren mi carne. Quieren lacerar mi cuerpo, vaciarlo de vísceras, arrojarle sal y colgarlo. Hasta que tenga sabor a recuerdo. A recuerdo magro y plomizo. Un sabor que se pierda en cualquier boca.
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
febrero 2005 marzo 2005 abril 2005 mayo 2005 junio 2005 julio 2005 septiembre 2005 enero 2006 febrero 2006 noviembre 2017 abril 2018
Suscribirse a Entradas [Atom]