"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Capítulo I
Me dejó un poco más allá de donde suele dejar la soledad. Me dejó solo y ciego. Era apenas una asincronía planetaria en su sistema personal. Apenas un marco de hielo para éste, su retrato de bolsa de besos agujereada. Me dejó con los pinceles en la mano. Me dejó fundando un palco desde donde aplaudir su vida. Me dejó triste y solo. Solo y ciego.
Capítulo II
Las cosas debían cambiar. Sobrevenía el momento de destituir la torpe vida de trompo para planificar una nueva; comprender que hacer a destiempo es referenciar un pedazo de memoria muerta. Y así lo hice. Cambié censuras por excesos, perfección por progreso, ofrendas por requisitos. Así dejé los zapatos, atrás, en el camino; dejé las llaves y los relojes. Me guardé una ración de culpa para los días de frío, y me arrojé al laberinto de lo fortuito, a blasfemar su vida, a escupir mis viciados empeños.
Capitulo III
Desde que mi edad tuvo dos dígitos la vida me fue trabajosa. Más que nunca deseaba volver a la infancia, a los veranos eternos, donde la aventura era más importante que la comida. Supuse que esa libertad en retrospectiva era sólo el desconsuelo de los años por venir. Concluí que recordar delicias remotas era una pérdida de tiempo. Aprendí que, de una u otra forma, el futuro -que es incierto- se las arreglará para coincidir con mis desgracias. Porque son las que estoy esperando. La buena suerte será por error, y el infortunio será tal y como era de esperarse. Y me ví otra vez vencido. Con todo y mis días a cuestas, con regularidad nueva, con sinsabores dosificados, me entreveré en el destino instanstáneo, construido en el acto. Me llené de
Yo sabía y
Es así. Pero esta vez no me acompañó nadie. Nadie. Yo mismo llegué hasta un poco más allá de donde suele dejar la soledad, y ahí me quedé. Triste y solo. Solo y ciego.