"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Era el punto número tres de la lista, pero como era el más fácil, cuando salí del trabajo me fui para allá. Una manera de empezar a encontrarla era volver a dónde había empezado todo, como en los policiales. Así que hoy estuve caminando por el barrio donde Marión pasó su adolescencia y donde nos dimos el primer beso.

La verdad es que poco cambió el lugar desde aquellos años. No hubo sorpresas. Pero sí hubo reencuentros. Volví a sentir el alboroto de aromas verdes que merodean aquellas calles angostas, y las luces amarillas que cuelgan sobre las bocacalles, y el métrico cantar de los grillos, y los abundantes detalles que celebran el recuerdo de tiempos menos previsibles que los actuales.
Llegué hasta la que era su casa. Que hoy habita una familia demasiado conforme a la realidad. Me causó una sensación extraña ver la casa hecha una casa; simplemente una casa de familia, sin ningún misterio adentro. Por eso, con un movimiento espasmódico que casi me descoloca las vértebras, me escapé hasta la plaza que está a dos cuadras; a tironear de la memoria para reconstruir algún beso… aunque sea imaginario.
Qué olor a vos tiene ese lugar. Qué lindo fue encontrarte aunque no estés. Pensé.
Al rato me lamenté no haber golpeado la puerta de la casa y preguntar si ellos tenían forma de ubicarte. En una de esas aun llegaban correspondencia o llamados, y los derivaban a tu nuevo domicilio. Pero no, no sabían nada. Entonces, sí, me fui por donde había llegado; demasiado impregnado estaba ya de aquel lugar.
No quería confundirme y pensar que si insistía golpeando en algún momento ibas a aparecer por esa puerta.