"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Esta mañana, de camino al trabajo, en el colectivo me puse a hacer anotaciones sobre los pasos a seguir para encontrar a Marión. Que yo recuerde era la primera vez que me proponía algo tan seriamente; tanto como para listar en orden de probabilidad los lugares dónde podría empezar a buscarla. Aunque no estoy seguro de mi competencia como detective, ya que usé muchos más renglones de los que en verdad hubieran sido esperanzadores. Y no cuento los que terminaron sepultados en un hiperquinética avalancha de tinta, ni sería elegante detallar los garabatos geométricos que ornamentan los márgenes del cuaderno.
Al llegar a Santa Fe y Scalabrini Ortiz se me subió a la cabeza una imagen de Palermo, un banco de hormigón a la ribera de Libertador, un mediodía nublado, con gente que si llevaba prisa no se le notaba. Era el punto número seis de la lista. Sin embargo, no supe bien por qué aquel podría ser un lugar donde encontrarla. Quizás porque yo hubiera ido a esperarla allí si ella me estuviese buscando; cosa mucho menos probable que en el museo de Bellas Artes. No tenía caso perder tiempo en tratar de ubicar aquel rincón tan repetido en los vastos bosques de Palermo; así que taché con línea temblorosa su renglón correspondiente, pero con la certeza de que aun podría leer cada palabra hendida por la pluma, y dibujé un asterisco a la izquierda, para ir de todos modos algún día.
Llegué a Diagonal Norte y Suipacha y tuve que poner la mente en el trabajo. Hasta ahora, que es de noche, no dejé de imaginar -de a ratos- la mejor combinación de visitas a aquellos lugares para alcanzar su hallazgo; el encuentro con Marión.