"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Cuando yo cantaba Marión me escuchaba con atención, escuchaba la letra y la comentaba, y encima me decía que cantaba bien. (Si eso no es amor, yo no sé qué es).
Y entonces me la pasaba cantando cada vez que podía. Cuando íbamos caminando por las callecitas solitarias de Saavedra, o en el colectivo. Yo siempre le cantaba, y ella siempre me oía. Y cuando terminaba de entonar algo la abrazaba fuerte y la llenaba de besos. Era mi momento feliz.
Ahora ya no canto para nadie. A veces para mí cuando estoy solo. Me da vergüenza cantar si alguien me mira.
Desde que se fue Marión el amor se ha vuelto un cuento. Mitología sentimental. Parece una leyenda urbana donde figuran recitales y museos, plazas con artesanos y vuelta al barrio en el 67. (Todo el recorrido era la despedida). Y después dormir como un angelito soñando que al otro día volvería a verla.
Marión me enseñó muchas cosas. Me mostró que la ciudad estaba llena de gente muy diferente a mí y que me gustaba conocerla. Yo no lo sabía. Ella me agarró de la mano y me animó a entrar a lugares donde nunca hubiese sospechado entrar. Me arrancó de mi mundo y me presentó uno que terminé amando. Aunque, años más tarde me daría cuenta de que lo que yo amaba era el mundo donde estaba ella.
Hoy me dio imaginar cómo sería el diálogo con Marión si finalmente la hallara. Yo no sabría hacerle preguntas de amigo. Preguntas entre frívolas y familiares, entre tontas y sensibles. Yo no sabría cómo hablarle. ¿A quién puedo engañar? Estoy perdidamente enamorado de ella.