"Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy".
Hoy me arrimé hasta Plaza Francia. Me había quedado ese gusto a Marión pegado en el paladar desde el otro día que estuve haciendo fuerza con la cabeza para recordar -o descubrir- las cosas que nos gustaba hacer juntos. Y la verdad es que por más que pensé y pensé no lo supe a ciencia cierta. Al intentar contextualizar a Marión las ideas y los pensamientos se me hacen una ensalada. Y al final no puedo saber si de las cosas que yo disfrutaba se apoderó Marión, o si las cosas se impregnaron de ella.
Ya lo dije, quiero que me devuelva mis sentimientos. Quiero volver al Bellas Artes y prestarle atención a los cuadros. Al menos recordarlos sin el perfil de Marión en el rabillo del ojo.
Pasé por la feria y por el puente de Figueroa Alcorta, caminé algunos peldaños de la Facultad de Derecho, volví a la plaza y me quedé en la parte alta, atrás de los juegos, a ver cómo la gente hacía trabajar ese corazón verde azulado que es la Recoleta. Y así, de golpe, sin razón (o quizás la de haber visto una pareja de adolescentes que intentaban sacar un pucho del atado sin soltarse las manos) supe la clave que me devolvería lo que había perdido.
Salí de la plaza por el lado Este hasta llegar un poco antes del Centro Municipal de Exposiciones, me tomé el 67, me senté en un asiento doble, y aunque tuviese a una vieja al lado en lugar de Marión, fui charlando con su recuerdo, sin mirar por la ventanilla. Le di un beso en cada cruce de avenidas (no, a la vieja no), y bajé en Balbín, frente al Parque Sarmiento. La acompañé hasta su casa por la tibia soledad de Saavedra. Me detuve en el umbral de su antigua casa, la abracé con el corazón y me dolieron los ojos. La despedí por última vez y me fui mucho más suelto. Porque antes de empezar a buscarla debía perderla del todo.